Por Sarah Moreno,
No se ve la línea del horizonte. El peor de los temores de un balsero se materializa en una sala de la galería Piero Atchugarry en el Design District de Miami. La noche llega y todo es negro a los cuatro costados. El mar ruge. Ya no hay posibilidad de regresar a Cuba ni tampoco se ve la otra orilla que guía la esperanza. El espectador va sintiendo como el pecho se le aprieta. La balsa vacía se erige resistente en una plataforma y solo se ven los rayos de luz que salen por los agujeros donde impactaron los disparos. ¿Qué pasó con los tripulantes de la embarcación? ¿Lograron su objetivo de llegar a la Yuma, como le dicen los cubanos a esa tierra prometida al Norte, o murieron de sed? ¿Se los comió un tiburón o bajaron del bote en Los Cayos, un auto los recogió en el puente de las Siete Millas y hoy tienen un restaurante en Hialeah?
La instalación de los artistas cubanoamericanos Antonia Wright y Rubén Millares en la exhibición Exile pone al espectador ante esos escenarios, los más optimistas y los más tristes. Solo que la embarcación –de fortuna, como le dicen las autoridades cubanas en su afán de esconder las tragedias de los cubanos con eufemismos– es de verdad.
El balsero es aquel que arriesga la vida en busca de un futuro mejor lejos de Cuba. Su objetivo es llegar a las costas de la Florida y para ello cruza el estrecho de mar más peligroso. En la balsa come de lata, cuida sus reservas de agua para no morir de sed o tener que beber su propia orina como han hecho algunos balseros. Allí cuida las patas de ranas que trajeron, en caso de que alguien cayera al agua, deseando que nunca tuvieran que usarlas. Nadie quiere nadar en ese mar inmenso que tantos balseros se ha tragado desde que los cubanos empezaron a emigrar después de la llegada del castrismo en 1959. Todo eso es lo que imaginamos, mientras acompañamos a los artistas por el salón en semipenumbras, con cierta solemnidad, pero con la luz de los teléfonos encendidos para ver los detalles del barco. Atentos, escuchamos la historia. “No sabemos qué les pasó a estos balseros, a veces la Guardia Costera los rescata, o quizás llegaron. Esa es parte de la sensibilidad de la pieza, hay que mantener ese respeto, no sabemos qué pasó”, dice Millares.
Símbolo del coraje de los inmigrantes
En el 2022 Millares y Wright recibieron la llamada de una amiga que trabaja en el Nature Center de Key Biscayne. Una embarcación en la que podían haber llegado unos balseros estaba abandonada en la orilla de Crandon Beach.
La balsa, construida con barriles de metal, tiene un motor de camión de un Chevrolet de 1942, tan duradero como los motores reconstruidos y reparados mil veces de esos autos “antiques” que aún caminan por La Habana. El dibujo de una abeja en los barriles y un letrero que dice “Cuban honey” –en inglés– pone al espectador a especular que esos balseros tenían algún contacto con Apicuba, la empresa apícola cubana. De hecho en alguna parte está el logo de la empresa, cerca de unas palabras dramáticas: “S.O.S mami”.
“Es un monumento al coraje de la gente que viene de Cuba, y de todos los inmigrantes”, dice Wright, cuya familia emigró de Cuba a Estados Unidos en 1959. Wright (Miami, 1979) señala que la balsa es también un ejemplo de la creatividad de los cubanos cuando quieren escapar de Cuba. Millares (Miami, 1980) dice que “el bote les habla”, y como obra de arte que era desde su concepción por los balseros, solo le añadieron unos focos de luz en el interior para realzar el hecho de que los guardacostas suelen dispararles a los botes para hundirlos. También le sumaron el sonido, que consigue crear esa sensación de que el visitante está en medio del mar. Ambos artistas han dedicado otras instalaciones a la lucha de los cubanos por sus derechos Después de las protestas masivas en Cuba de 11 de julio del 2021, Wright y Millares hicieron una instalación en bancos del downtown de Miami con textos en favor de los presos políticos y con un código para poner recargas a teléfonos celulares en la isla, con el objetivo de que los cubanos pudieran organizarse y documentar lo que estaba pasando. También es conocida la instalación Patria y vida (2022), que nombraron en honor del tema musical que fue himno de las protestas del 11 de julio. Unas barricadas de metal, como las que se usan para contener a las multitudes, se mostraron en el hotel Faena en Miami Beach, como símbolo de cualquier protesta ciudadana.
Balsas clandestinas
Convertirse en balsero siempre fue una labor clandestina en Cuba. Tienes que recopilar los materiales para construir la balsa en secreto, o solo confiar en alguien muy cercano. Conseguir un bote es muy difícil, a menos que tengas uno de pescador, un lujo que pocos cubanos de a pie tienen. Las balsas se hacen con materiales encontrados, pedazos de aquí y de allá, con mucha creatividad, como dice Wright.
En 1994, un éxodo masivo llevó a más de 35,000 cubanos a salir de la isla en embarcaciones precarias. Destruidos, desmoralizados e inmersos en la crisis económica que se derivó del Período Especial, cuando se terminó el subsidio soviético, los cubanos comenzaron a lanzarse al mar en las embarcaciones que encontraran o fabricaran. Fue un éxodo que Fidel Castro permitió. De pronto las costas de la isla, siempre custodiadas, se abrieron para los que quisieran marcharse. Era una válvula de escape que, una vez más, cuando la situación se ponía muy difícil en la isla, Castro abría. Como lo hizo con el éxodo del Mariel, por el que llegaron más de 125,000 cubanos a Estados Unidos entre abril y octubre de 1980. Los periodistas, fotógrafos y artistas que pudieron documentar en Cuba el éxodo de los balseros recuerdan balsas llevadas hasta la orilla en andas por sus futuros tripulantes. Otras veces las balsas iban montadas en cualquier vehículo que las llevaba hasta la playa. Allí los que se iban y los que quedaban se unían en el que podía ser el último abrazo. La balsa rescatada por Wright y Millares pasó cuatro años en el estudio de la pareja, en Little River, antes de hacer el viaje en camión hasta la galería Pierro Atchugarry. El fotorreportero Pedro Portal documenta ese viaje de la balsa, que en un hecho cargado de simbolismo, pasó frente a la Torre de la Libertad. Un viaje que recuerda el de las balsas por La Habana hasta salir de la costa.
Los balseros dejan de ser bienvenidos
Después del éxodo de 1994, siguieron llegando balseros a las costas de la Florida, más a cuentagotas. Sus historias se escuchaban en los noticieros o en periódicos locales. Algunos escaparon en “cámaras de camión” –las más frágiles–, como le dicen en Cuba a las gomas que van dentro de las llantas de los autos. Otro balsero, que era surfista, escapó de la isla en una tabla de surfing y vela. Cuando pensaba que se ahogaría porque estaba agotado, antes que lo rescataran, sintió la presencia de la virgen de la Caridad del Cobre. La virgen lo había salvado, contaba emocionado en el plató de una televisora de Miami. En otra travesía marítima exitosa, el vehículo fue un camión Chevrolet de 1951, montado sobre una plataforma flotante. En el 2003 transportó a 12 cubanos que fueron rescatados por la Guardia Costera de Estados Unidos a 14 millas de Isla Morada, uno de los cayos de la Florida. Los guardacostas, como es costumbre, hundieron el camión milagroso. La vida de los balseros en Estados Unidos floreció, al punto que unos años después dijeron a la BBC que estaban construyendo un camión bote al estilo del que los trajo a la Florida.
En el 2017, el gobierno del presidente Barack Obama puso fin a la política de “pies secos, pies mojados”, que desde 1995 había permitido quedarse a los balseros que tocaban tierra para acogerse a la Ley de Ajuste Cubano y obtener la residencia en Estados Unidos. A partir de ese punto, el éxodo ya no fue masivo, pero los cubanos siguieron escapando de la isla. Surgieron entonces los “balseros de tierra”, como se les llamó a los que atravesaban varios países de Latinoamérica –y a veces la peligrosa selva del Darién– para cruzar la frontera entre México y Estados Unidos. Entre el 2021 y el 2024, llegaron a Estados Unidos 850,000 cubanos. Balsero es un término a veces intercambiable para referirse a cualquier cubano recién llegado, que se usa en ocasiones con cierto tono peyorativo. Es también alguien que conserva la estatura mítica de los seres valientes, que son capaces de dar la vida por la libertad. “Imagínate lo que es estar sentado en un bote, saliendo de tu país, y tener la convicción de lo que tienes por delante. El coraje, la fuerza, todo lo que eso requiere”, dijo Wright. “Especialmente ahora que están vilipendiando a los inmigrantes, queríamos celebrar ese coraje”.
En balsa o en patera
Los vaivenes de la política no benefician ahora a los inmigrantes, ni en Estados Unidos, ni en Europa. A España, específicamente a Islas Canarias, llegan cientos de inmigrantes magrebíes y subsaharianos en “pateras”, el equivalente de las balsas. También llegan inmigrantes a Lampedusa, una isla en el Mediterráneo, al sur de Italia. La posibilidad de regularizar su situación migratoria se complica cada vez más, lo que pone en duda el sacrificio del viaje tan arriesgado que hacen. El fenómeno de la inmigración, ya sea por cuestiones económicas o políticas, tiene muchos factores en común. “Es una situación en la que estás tan desesperado que te tienes que ir”, apunta Millares, cuyos familiares se exiliaron de Cuba a principio de los años 1960. “Si vas en avión, si vas a pie, es lo mismo. El bote es un símbolo de que llegaste al punto que sabes que te tienes que ir”.
Antes de que llegara a la galería, el bote se encontró con algunos balseros que visitaron el estudio de los artistas en Little River. Eran handymen que iban a hacer algún trabajo en el estudio y enseguida que veían el bote reconocían lo que significa. “Hablé con uno que trató de venir 12 veces, lo viraron, lo cogieron preso dos veces y seguía haciéndolo. Eso te dice la desesperación”, contó Millares. En estos tiempos de profunda crisis en Cuba, se ha hablado mucho de los balseros, pero de otra manera. En medios internacionales, los balseros han ganado protagonismo. Algunos periodistas y sus entrevistados, sobre todo en la prensa española, dicen que no se ven balseros ir de Estados Unidos a Cuba, que siempre el flujo de balsas ha sido de Cuba a otros países, lo que demuestra que es el régimen cubano el que ha creado la crisis que obliga a los cubanos a escapar. El artista cubano Yotuel Romero, uno de los intérpretes de Patria y vida, puso el ejemplo de los balseros en el programa En boca de todos, del canal de televisión Cuatro, para pedir que no se reste importancia al deseo de los cubanos de ser libres “Las pateras no van de Madrid a Cuba, de Miami a Cuba”, dijo Yotuel al presentador Nacho Abad. El viaje del balsero comienza cuando empieza a imaginar cómo saldrá de la isla. Antes que tenga la balsa o el bote —que terminará en el fondo del mar o abandonado en la orilla— el balsero sueña cómo será su vida lejos de Cuba.
Los balseros que visitaban su estudio le hablaban más de cómo fue la llegada que del proceso, cuenta Millares. Por eso, en otro salón, el remo que encontraron en el bote, lo enterraron en una piedra caliza típica de la Florida, la oolita. Desembarco se llama la escultura. “Un monumento silencioso al cruce, al desembarco y a la supervivencia”, concluyen Wright y Millares.
Exile, exposición de Antonia Wright y Rubén Millares, hasta el 2 de mayo en Piero Atchugarry Gallery, 5520 NE 4 Ave.